Porque todos tenemos derecho a la vida

Caminar con el teléfono celular activo, pegado a la oreja y hablando al tiempo que uno se desplaza por entre semáforos, calles, avenidas y automóviles es un verdadero riesgo. Ahí entiende uno por qué hay una normativa que prohíbe a los conductores de vehículos motorizados hablar por celular mientras conducen.

Aún no tengo claro cuál es la magia del teléfono celular, si es un asunto de concentración o de necesidad de hablar y caminar al tiempo cuando uno hace o contesta una llamada en la calle.

Muy pocas veces en la calle alguien hace una parada, especialmente si va a pie, para hablar por teléfono celular a menos que vaya a tomar un apunte en papel, necesite ver una dirección o haya una barrera física o de tránsito que impida el paso. Y ello es un verdadero embrollo cuando de pasar una calle o una avenida se trata. Quien habla por celular no atiende los semáforos, comienza a caminar como autómata cuando otros lo hacen, especialmente si está esperando pasar una cebra, y acaba co la percepción del mundanal ruido de afuera para atender a quien habla desde el teléfono. Ello impide que los sentidos estén concentrados en la actividad de sobrevivir a la ciudad y su tráfico y que el hábito de andar y andar se manifieste.

Y como de hábito se trata, muchas veces caminamos como cuando lo hacemos con los cinco sentidos: es decir imprudentemente. Pero nos salvamos porque tenemos nuestros cinco sentidos funcionando. Con la llamada por del teléfono móvil, perdemos por lo menos tres de los sentidos: el oido, la vista y el habla. Y quedamos a merced del tacto y del olfato. Este último en la ciudad llena de smog no sirve mucho cuando nos desplazamos y quien camina en la ciudad por tacto tiene despiertos los demás sentidos que quedan.

Una muy buena práctica es hablar por el celular o enviar mensajes de texto o por correo electrónico desde el teléfono móvil deteniéndose uno en la calle, para poder hacerlo adecuadamente. Si son llamadas ejecutivas no duran más de un minuto y se preserva la vida. Si duran más tiempo, digamos entre uno y cinco minutos, vale la pena hacer el alto, respirar profundo y hablar detenidamente (esto es literal para el desplazamiento) a fin de asegurar el bienestar propio de quien habla en la calle. Si la llamada dura más de cinco minutos, es preferible pedir a la otra persona hablar en otro momento o buscar una banca en un parque o un centro comercial, y sentarse.

Todo ello permitirá disfrutar tanto de la conversación como de la posibilidad de dedicar el tiempo necesario a la persona con quien hablamos. Los cinco sentidos para escuchar y hablar, sin preocuparnos por el desplazamiento puesto que estaremos inmóviles.

Por último, no se recomienda hablar en medio de los separadores de las vías.

Guillermo Camacho Cabrera
Correo electrónico: culturasviales@gmail.com
Sitio Web: http://sites.google.com/site/culturasviales/

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