Porque todos tenemos derecho a la vida

Otro día sin Blog

Ayer no escribí. Sencillamente porque fui invitado a una reunión familiar en un municipio cercano a Bogotá donde mi prima se casaba. Fuimos mi familia y yo desde la mañana hasta la noche, estando más de 12 horas fuera de casa durante las cuales tuve algún tiempo para reflexionar acerca de la movilidad y el transporte.

Lo primero que reflexioné es la necesidad que tenemos las personas de movernos y transportarnos. Es, pues, inherente la movilidad a la condición de ser humanos; hasta los más aparentes seres inmóviles en el mundo se están moviendo, desde las plantas hasta las partículas de las rocas que vibran permanentemente (aquí, una curiosidad).

Esa necesidad de la movilidad ha hecho que los humanos creemos soluciones de transporte, desde las más naturales como caminar (con todos los aditamentos que ello trae: zapatos para la nieve, botas gruesas que protegen los pies, sandalias para la playa), hasta la creación de naves espaciales, cohetes que impulsan al hombre hasta el espacio exterior, pasando por monopatines, bicicletas, triciclos, carros, camionetas, buses, camiones, barcos, aviones.

Lo que hace usar uno u otro medio de transporte está relacionado tanto con las capacidades económicas de quien se debe transportar, como con las distancias a recorrer y el tiempo de plazo para hacerlo. En nuestro caso la familia se desplazó en un bus especialmente fletado para la ocasión, lo que solucionó el transporte de un grupo relativamente grande de personas que pudimos viajar juntas, seguras y dedicadas exclusivamente a ello en tanto que un chofer nos conducía al sitio de la boda y posteriormente al sitio de la recepción.

El movimiento de personas para una unidad territorial como una ciudad es mucho más complejo, pues debe tener en cuenta variables adicionales como el entramado vial por el cual se va a desplazar a los ciudadanos, las horas, tiempos y ritmos de desplazamiento, los grandes flujos de personas en sitios y horas determinados y la cantidad de automóviles y vehículos tanto de transporte público como pesado que deben moverse al mismo tiempo.

Ello va ligado a la economía de la metrópoli, al dinero que la ciudad mueve diariamente por la productividad de sus ciudadanos traducida en tiempos y en papel moneda.

Me sorprendió ver desde la panorámica del bus cómo algunas cebras son centros de verdadero movimiento en los cuales los peatones respetan el semáforo (deben hacerlo), pero se muestran en general afanados, queriendo llegar a su destino rápidamente, como si el tránsito incomodara y no permitiera disfrutar el caminar. Asimismo los conductores, apretaban el acelerador cuando el semáforo apenas cambiaba de amarillo a verde, significando el afán por salir de la inmovilidad, o del tráfico de forma veloz.

Al respecto, recomiendo la lectura de una extraordinaria ponencia del Psicólogo argentino Tomás Grigera en el Congreso de Seguridad y Salud Ocupacional realizado en la ciudad de Mendoza en 2004, titulada “El tránsito a nuevos paradigmas en los accidentes de tránsito”.

Guillermo Camacho Cabrera
Correo electrónico: culturasviales@gmail.com
Sitio Web: http://sites.google.com/site/culturasviales/

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